domingo, 25 de septiembre de 2016

Milo & 360 Gafas


viernes, 23 de septiembre de 2016

Entrevista a la escritora Inés Legarreta por Rolando Revagliatti

Inés Legarreta
“Como dijo el maestro Juan Rulfo, mentiré lo más que pueda, lo mejor que pueda, para decir la verdad”

Entrevista realizada por Rolando Revagliatti

Inés Legarreta nació el 30 de junio de 1951 en Chivilcoy, ciudad en la que reside, provincia de Buenos Aires, Argentina. Es Profesora de Castellano, Literatura y Latín. Cuentos y relatos suyos han sido traducidos al inglés, italiano y alemán. Entre otras, fue incluida en las siguientes antologías: “Los cuentos de la granja” (España, 1995), “Antología de poetas y narradores chivilcoyanos” (1993), “Metáfora plural” (1991), “Pasacalles” (1999), “Cuentos sin permiso” (con selección y prólogo de Angélica Gorodischer, 1999), “Brujas” (2000), “Cuentos históricos argentinos” (2000), “Nachts bin ich dein pferd. Erotische geschichten aus argentienien” (Suiza, 2000). Ha obtenido primeros premios y reconocimientos por su trayectoria otorgados por instituciones y organismos gubernamentales y privados. Publicó en narrativa breve “En el bosque y otros cuentos” (1990), “Su segundo deseo” (1997), “La dama habló y otras páginas” (2004), “La turbulencia del aire” (2012), “La imprecisa voz que me sueña” (2014), y dos nouvelles: “El abrazo que se va” (2008) y “Tristeza de verse lejos” (2010). Acaba de aparecer su primer poemario: “La puntada invisible” (Ediciones en Danza).




         








 


                                 







  1 — ¿Recordamos?...

          IL — Recordarnos y seleccionarnos. Recordamos y recortamos. Recordamos y creamos. En esto de mirar hacia atrás para vernos, siempre haremos un cuento, una nouvelle, una novela, hasta una saga, si nos da el aliento. Y en el caso de que hubiéramos llegado a cierta excelsitud, un solo poema. No es mi caso. De manera que, para ordenarme, pensaré en capítulos con títulos incorporados, los cuales (capítulos y títulos), por supuesto, se disgregarán al escribir, se esfumarán en lo real de la vida vivida. Pero soy escritora, así que, como dijo el maestro Juan Rulfo, mentiré lo más que pueda, lo mejor que pueda, para decir la verdad.

Infancia y adolescencia. Recuerdo dos casas. Una antigua, alquilada, en donde vivíamos hasta que mi padre construyó la definitiva. La entrada tenía dos escalones de mármol y un zaguán que daba a la sala de recibimiento, lugar en donde esperaban los pacientes de mi padre, que era médico. A la derecha de esa sala había una puerta que comunicaba con el consultorio propiamente dicho; de ese lugar tengo un recuerdo confuso, oscuro, siempre como en la bruma, porque yo era muy chica entonces y no nos dejaban entrar el consultorio de papá. Luego venían las habitaciones, una detrás de la otra, un baño principal y el recorte de un gran comedor que quedaba en el medio de la casa, entre los dos patios, el de adelante y el de atrás; el de atrás tenía una parte embaldosada adornada con canteros y macetas y otra, de tierra, con algunas plantas: a este patio daban la cocina, la despensa, la sala de planchar y la habitación y baño de servicio. Un verano, en el segundo patio, nos pusieron una enorme pileta de lona y fue maravilloso: zambullirnos después de las cuatro de la tarde, nosotros tres: mi hermano mayor y mi hermana (yo era la del medio) y los vecinitos de al lado: un chico y una chica que cuando nos mudamos dejamos de ver porque al tiempo se fueron a Buenos Aires. Otra tarde, a la hora de la siesta, hicimos una guerra con pelotitas de barro: además de nosotros, una de las paredes quedó repleta de municiones y estallidos marrones: habían pintado hacía muy poco, así que cuando papá se levantó, a mi hermano y a mí (a mi hermana menor, no) nos puso en penitencia mirando la pared durante una o dos horas. Al final, terminé llorando y me levantó la penitencia antes de que se cumpliera el plazo. Mi hermano la sufrió entera. Fue algo que se repitió casi siempre: las mujeres nos salvábamos llorando. Mientras viví en esa casa todavía no iba a la escuela; empecé directamente en primer grado, sin haber pasado por el jardín de infantes, el año que nos mudamos a la casa definitiva. El primer recuerdo es éste: una escuela imponente, de piedra gris, que ocupaba toda una manzana (la misma de hoy), con un patio inmenso y yo atravesándolo de la mano de mamá. La señorita nos recibe, mamá me da un beso y se va. Y me pareció que se me abría la inmensidad. Entramos al aula después de hacer fila y tomar distancia con el brazo extendido. La señorita nos dice: “Saquen el cuadernito y hagan un dibujo, cualquiera, lo que les guste”. Dibujé una bandera argentina con un mástil alto, alto, de línea temblorosa. Estaba muerta de susto. Pero enseguida se me pasó: la escuela no me resultó difícil, aprender a escribir me gustaba, leer también. Siempre levantaba la mano para pasar a leer. Sería porque mi primera lectura parada al frente de la clase, sosteniendo el libro con una sola mano, fue vergonzante: no había practicado lo suficiente y dije de corrido la primera oración, después fue un silabeo titubeante hasta que la señorita me hizo sentar, entonces, creo, decidí que “eso” no me pasaría más. En tercer grado escribí una composición que dio la vuelta el patio y llegó hasta el Director de Primaria y Secundaria (en el Normal estaban los dos niveles de enseñanza); parece que llamaron a mis padres para felicitarlos, pero no me enteré: me enteré muchos años después, en un viaje en tren, cuando casualmente (ya estaba estudiando en tu ciudad el profesorado de Literatura) me senté al lado de una de mis maestras de primaria. Ella me lo contó. Me dijo: “Pero claro, cómo no vas a estudiar literatura si a los ocho años ya eras escritora”. Pero en esa época no me consideraba escritora, ni soñaba con serlo. Tampoco después. Ni en la secundaria ni durante el profesorado. Nunca pensé que sería escritora: fue algo tardío, inesperado, muy parecido a la locura, que se me impuso. Algo que no pude eludir y que estalló —como los misiles de barro en la pared de la primera casa— después de los años de horror, después de un tiempo de exilio, cuando ya estaba casada y tenía a mis tres hijos. Creo que mi vida literaria se basa en la negación. Primero y por mucho tiempo dije y digo no. Después el sí se impone por venganza, con la fuerza propia de lo negado. Pero el sí tiene que hacer un largo y dificultoso camino para convencerme, seguramente por mi fuerte ascendencia vasca. Años de análisis no han logrado borrar ese punto inicial de negativa. Es cierto que, ahora, después de siete libros publicados de narrativa, le digo sí a la poesía. Ya no puedo resistirme a su ligereza profunda, a su transparencia, su fugacidad; la manera de entronizar el instante para después huir, desaparecer dejando una estela, algo en el aire parecido a un perfume raro. Ya no puedo negarme a ella, está en mis manos y en mi boca y es tan natural escribirla como caminar. Me parece necesario aclarar que siempre pero siempre consideré a la poesía como el género matriz, la última y la primera letra, el Bien: de ahí también el respeto, casi reverencial que siento por ella. De ahí que aunque no escribiera poesía siempre leí a los grandes poetas a la par de los grandes narradores y, por lo mismo, creo, cuando le di salida a los versos, no me resultó extraña. A partir de la publicación del libro de relatos oníricos “La imprecisa voz que me sueña”, la poesía empezó a ocupar el lugar que tiene ahora: todo el tiempo, todas las lecturas, casi lo único que me interesa.


          2 — Qué habrá marcado tu escritura.

          IL — La segunda y definitiva casa la marcó. Una casa de dos plantas, construida a gusto de mis padres, que ocupaba una esquina y se alargaba hacia las dos calles laterales, un estilizado chalet californiano con paredes de ladrillo visto, ventanas guillotina inglesas y puertas pintadas de blanco, con un porche de acceso a la entrada principal y otra entrada secundaria en una de las calles laterales; ahí estaba el consultorio de papá y luego el garaje con portón vidriado.
          Fue concebida con todos los adelantos de la época: nosotros (mi familia, mis hermanos y yo) gozamos del privilegio de la calefacción central cuando en el pueblo por muchos años, décadas en realidad, la mayoría se calentaba con estufas a kerosén o a gas; la casa era innovadora, además, por la cantidad de baños y toilettes, los detalles de confort en las habitaciones, por los ambientes muy amplios, cuarto de estudio, terrazas y sótano que funcionó como bodega-cava de mi padre. En la planta baja estaban la cocina, la antecocina, el living enorme con una gran chimenea y bar incorporado, el consultorio con su biblioteca empotrada y la sala de espera. Se llegaba a la planta alta por la escalera que nacía en el medio del living, arriba, después del rellano, estaban los dormitorios y baños principales; pero también desde la cocina nacía otra escalera que iba a la parte de servicio: lavadero y dependencias.
          En mi adolescencia transformamos la habitación de servicio en cuarto de estudio: quizás el lugar que más disfruté de la casa: ahí charlábamos incontables horas con mis amigas, estudiábamos, fumábamos, escuchábamos long-plays en el winco; ahí escribí frenéticamente: llené hojas y hojas de cuadernos con apuntes, poemas, notas, reflexiones, relatos, cuentos, ideas: todo esto finalmente, lo perdí. Los cuadernos desaparecieron. Lo advertí mucho tiempo después, cuando ya estaba estudiando en Buenos Aires; un día quise releerlos y no los encontré, los busqué por toda la casa y no estaban. No tengo dudas de que mi madre con su manía de orden y limpieza los tiró; yo tenía una letra imposible y era muy desprolija; al abrir los cuadernos, las tachaduras y correcciones saltaban a la vista y dejaban ver el mapa furibundo de una adolescente inquisitiva: no era lo que mi madre esperaba de mí. Supongo. Pero no sé quién otro pudo animarse a tirarlos sin decirme una palabra.
          La casa tenía dos terrazas: la interna, pegada al lavadero, en donde se tendía la ropa a secar y otra externa, en la planta alta, a la que se accedía desde el dormitorio de mis padres y ocupaba toda la esquina: cuando la casa estaba en construcción, yo pensaba que usaríamos esa terraza para tomar aire en verano, para sentarnos con algo fresco a disfrutar de la vista, que sería un lugar social, de reunión con amigos, pero eso sucedió muy pocas veces; nos asomamos a la baranda de madera algún día de carnaval cuando el corso llegaba justo hasta la esquina o en algún cumpleaños o festejo familiar. Se usó muy poco.
          ¿Por qué hablo tanto de la casa? Porque la escuché antes de que la construyeran en la voz de mi padre y después la vi erguirse como una montaña, porque la escalé de su mano a través de una escalerita endeble que los obreros usaban para llevar lo necesario al gran espacio abierto que sería la planta alta, porque él me indicó “allá estará tu habitación”, “acá estaremos tu mamá y yo”, “allá será la habitación de tu hermano”… y todo esto en medio del cielo, casi tocando las nubes. Y también porque esa casa soñada fue el lugar de encierro de mi madre. Esa casa única en su edificación, hito urbano en el pueblo, lugar del deseo para los que la miraba al pasar, sin embargo, escondía a alguien. “¿Entra la luz en tu casa?” “¿Por qué siempre los postigos cerrados?” Con los años, se transformó en un castillo inexpugnable, una fortaleza, el caparazón de un alma que se mantuvo silente ahí adentro, protegida del mundo: mi madre.
          Pero la casa le dio, sin embargo, a mi madre (y en consecuencia también a mí) una salida: la lectura, la biblioteca. En realidad, las bibliotecas. La del escritorio de mi padre, conformada principalmente por libros de historia argentina y universal, política, ensayos y colecciones de autores que admiraba; por ejemplo, la colección completa de la obras de Domingo F. Sarmiento, la cual, en su ancianidad, decidió donar a la escuela rural en donde había cursado los primeros años de la primaria: entonces vivía con su familia en un campo a pocas leguas de la ciudad y siempre recordó los viajes a caballo para llegar a la escuelita.
          Y la biblioteca que adornaba el living y era “propiedad” de mi madre: novelas de autores argentinos, ingleses, franceses, libros de viajes, de cuentos, libros de arte, diccionarios enciclopédicos, libros y revistas en francés (mi madre era profesora de francés, pero nunca ejerció) y todo lo que la Editorial Sur editó mientras Victoria Ocampo estuvo viva, y también todo lo que se siguió editando en la Editorial Sur después del fallecimiento de Victoria, porque una prima hermana de mamá —María René Cura (Miné)— fue amiga dilecta y colaboradora de la célebre escritora hasta sus últimos días. Entre éstas, las bibliotecas de mi casa, la de la escuela Normal a la que asistí en la primaria y secundaria, y la de la Biblioteca Popular “Antonio Novaro” de Chivilcoy, transcurrieron mis pasos en pos de incansables y casi inagotables búsquedas literarias: leí de todo, sin orden, sin consultar, sin juicio previo, sin seleccionar entre alto o bajo, sagrado, consagrado o popular, entendiendo y no entendiendo, mezclando como dice el tango “la Biblia con el calefón”. Nunca volví a leer (la poesía me ha acercado a ese desorden sistemático) con tal ferocidad, con tanto hambre. Me quedaba hasta altas horas de la noche con la luz prendida hasta que mamá venía y me la apagaba: “Mañana tenés escuela y no hay quién te despierte”.
          Sonará raro pero no lo es en realidad: aunque he escrito mucho sobre la casa, sus habitantes y los fantasmas, hasta ahora casi todo permanece inédito. Como si todavía no hubiese llegado el tiempo de sacar a la luz un mundo que ya no está. La casa paterna fue vendida, ya no nos pertenece. Las personas, los objetos, las escenas no están. Paso caminando, la miro desde afuera, está habitada por otros y la extrañeza me invade. ¿Quién era, quién es la que habitó en esa casa? ¿Qué pasó? Debo seguir indagando…


          3 — Sí, indagando.

          IL — Todo lo que he contado, sin embargo, es apenas la base, el sustento sobre el cual se fue forjando mi vocación por los libros; pero la escritura propiamente dicha viene —lo creo firmemente— de los increíbles relatos que mi abuela materna nos hacía a mi hermana y a mí cuando nos quedábamos a dormir en su casa. También de una manera de comunicarme a través de cartitas, notas, páginas, que me resultaba absolutamente natural y simple: antes que hablar, escribir. Si tenía algún problema, escribía. Si quería decir algo especial, si quería expresarme libremente, si estaba disgustada, escribía. Como si la primera forma de comunicación no hubiese sido oral sino escrita. Así que creo que se juntaron, principal y puntualmente, los relatos de mi abuela materna y una tendencia innata hacia la forma de expresión escrita para hacer de mí lo que soy.
          Mi abuela había nacido, se había criado y vivido hasta después de su casamiento y nacimiento de sus tres hijos (mi madre era la del medio) en una quinta-boliche de campo llamada “El Recreo”, que todavía sigue estando en Chivilcoy —ahora como Casa familiar-Museo— . En 1881, en el predio que recibiera su mujer como regalo de casamiento, mi bisabuelo, un genovés culto y progresista, levantó la casa y el boliche, y, un poco más tarde, utilizó parte del espacio para agregar además de cancha de bochas y otros juegos, un bellísimo jardín que fue diseñado por un conocido paisajista de Buenos Aires: paseo arbolado, con canteros simétricos y laberintos de arbustos, y con las más variadas y exóticas flores y plantas que le brindaban al paseante sensaciones, colores y aromas diferentes. Se convirtió en un lugar de “recreo” para la clase acomodada del pueblo (nota: Chivilcoy tiene, aproximadamente, 70.000 habitantes. Por lo tanto es una ciudad. Hago esta aclaración porque yo siempre lo nombro “pueblo”; esto es por la forma cercana de las relaciones entre vecinos y conocidos que, por lo menos mi generación y las anteriores, tuvimos) y hasta de familias de Buenos Aires vinculadas con Chivilcoy. De ahí el nombre (“El Recreo”) y de ahí que el inventario anecdótico de mi abuela oscilara entre sabrosas y picantes escenas de amor, fuga o desencuentros entre conspicuos personajes de la época —algunas francamente lanzadas, otras misteriosas o desopilantes para los oídos de unas niñas como nosotras—,  a los entuertos y lances de cuchilleros, borrachos y parroquianos de toda laya (diría el Maestro Borges) que acudían diariamente al boliche. Nunca me cansaba de escucharla, le pedía una y otra vez que me las contara. “Pero si ya las sabés de memoria”, me decía la abuela. “No importa, contame la de la mujer en bata de seda, con el monito tití en el hombro, que se escapó con el hermano del marido.” “Y era morfinómano”, decía la abuela. “¿Qué es morfinómano?” Suspiraba: “Tomaba algo para vivir mejor.” “Ahhhhh, bueno, contame.” ¡Qué maravilla! Nunca le terminaré de agradecer a mi abuela Clorinda su desparpajo, su humor, su falta de prejuicios. Mamá se enojaba.


          4 — Ya que aludiste a un paisajista, hablemos del paisaje.

          IL — Así como los relatos de mi abuela fueron inaugurales, también hay un paisaje que es el mío. El campo, la llanura, los bichos, los animales, los árboles, el viento. El sol del atardecer, la luz del amanecer. Cierta brusquedad de algunos olores, la irrupción del canto de los pájaros, el ruido del viento entre las hojas, el cielo por todos lados, arriba y abajo, según se lo mire. Y una manera de respirar del que está acostumbrado a los grandes espacios que se transmite a la escritura. Luego, en lo cotidiano, el patio, la cocina, las campanadas de la iglesia, el  ruido de la calle, los canteros con flores, el sauce del fondo de mi casa.
          Aunque vivo en dos lugares, mi paisaje es uno.
Inés con María Granata e Irma Verolím 


          5 — ¿Lecturas?...

          IL — No voy  hacer el listado de nombres de mis lecturas infantiles porque considero que se parece al de cualquier niño ávido que tiene a mano lo que quiere: sólo rescataré la colección completa del escritor brasileño Monteiro Lobato, tesoro facilitado por la prima hermana de mi madre (Miné), quien se ocupó de encauzar, en cierta forma, mis lecturas. Mucho  tiempo después encontré, en un cuento de la maravillosa Clarice Lispector, algo parecido a lo que me sucedió a mí: en “Felicidad clandestina” describe el placer inconmensurable que le provocaba leer la serie “Naricitas” de Monteiro Lobato y las maniobras —perversas— que debía soportar de una amiga gorda y fea, pero poseedora de esos tesoros, para poder disfrutarlos.
          De mi adolescencia, rescataré del fárrago profuso, dos momentos: “La náusea” de Jean-Paul Sartre (horas y horas y noches y noches leyendo lo que no terminaba de entender pero que me fascinaba) y el golpe a la estructura de lo literario escolar formal que fue “Rayuela” y los cuentos de Julio Cortázar. Dicho sea de paso, Miné fue alumna predilecta de Cortázar en los años que estuvo dando clases en la Escuela Normal de Chivilcoy (donde yo estudié), sostuvo con él una nutrida correspondencia y lo trató a posteriori al entrar en el círculo de Victoria Ocampo y su editorial.
          Los poetas de la adolescencia fueron Pablo Neruda a partir de sus “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” y Alfonsina Storni, con su voz de mujer y la manera de hacerse un lugar en un mundo de hombres.

6 — ¿Y después de la secundaria?                                                          
I. L. Con su marido

Con la familia
 IL — Me instalé en Buenos Aires para estudiar Literatura en el Profesorado Nacional “Joaquín V. González” de Avenida de Mayo y Lima (en aquel entonces). Antes de sufrir aquellos años oscurísimos, debo decir que para mí Buenos Aires fue una fiesta. La secundaria en Chivilcoy no fue más que el paso necesario para irme a vivir a la capital: no sentí ninguna nostalgia ni añoranza porque dejaba el pueblo; no lloré en la fiesta de despedida, como la mayoría de mis compañeros, porque terminaba un ciclo: yo quería irme. Un mundo lleno de posibilidades, encuentros, eventos, experiencias vitales y sociales se abrió ante mí y lo gocé con la libertad entre comunitaria, de compromiso y hippie de aquellos famosos años 70 que terminaron con el baño de sangre que todos conocemos. Los famosos 70. Al principio viví en un pensionado de monjas (con reglamentos que transgredíamos sin mayor problema); al fin del segundo año me casé con mi actualmarido, Enrique, y nos instalamos en su departamento, en donde, al tiempo, nació mi primer hijo: Nicolás. Enrique militaba en la Juventud Peronista y yo también hasta que quedé embarazada; de ahí que vivimos el Proceso como casi todos los jóvenes de esa época: viendo de qué manera la violencia y las persecuciones se volvían procedimientos habituales y cotidianos. Seguí estudiando hasta que nos volvimos a Chivilcoy, porque las cosas se habían puesto muy difíciles, pensamos que estaríamos mejor, pero nos equivocamos: después del secuestro y muerte de un amigo, un grupo no identificado nos fue a buscar al departamento de Buenos Aires, lo cual nos obligó a salir del país por un tiempo. Estuvimos en Uruguay con la idea de ir a España, pero, finalmente, después de algunos meses, volvimos a Argentina. Entonces nació mi segundo hijo, Juan Enrique: casi al mismo tiempo terminé el Profesorado de Letras en la ciudad de “Olvídense de escribir, acá no vienen a ser escritores, vienen a ser profesores”. También nos dijo que nos olvidáramos de Cortázar (que era profesor) porque era un caso extraordinario (tenía razón) y ninguno de nosotros lo era ni lo sería. Lápida a mis escritos, que acepté mansamente. Quizás también porque había demasiada vida, demasiado movimiento y efervescencia como para ponerse a escribir en soledad. Lo cierto es que se inicia un largo, muy largo período en donde no escribo nada. Y cuando digo nada es nada. Fueron casi quince años. Esa nada literaria, ese desierto, ese descampado, se extendió desde los diecinueve, veinte años hasta pasados los treinta, en realidad, hasta los treinta y tres (la edad de Cristo) cuando, con mis hijos bastante crecidos, pensé que me estaba volviendo —literalmente— loca. Era exactamente lo que sentía: que algoparecido a la locura me venía ganando las horas, no tenía paz ni tranquilidad, no había cosa o lugar en donde estuviera completa, no sabía por qué estaba donde estaba a pesar de que mi entorno y vida familiar eran “normales”; vivía atravesada por un inmenso desorden. La imagen que tengo es la de un collar de perlas rompiéndose en el aire, las perlas cayendo y dispersándose por el piso, perdiéndose debajo de los muebles, entre las pelusas y la mugre, en la oscuridad y yo mirando.
Mercedes, distante a una hora de Chivilcoy. Enseguida, creo que como una afirmación de la vida, nació mi tercer hijo: la única mujer, Josefina. En todo este tiempo no escribí NADA. Cuando entré en el “Joaquín V. González”, de gran nivel formativo por los excelentes profesores y la trayectoria de la institución, ocurrió, sin embargo, que tuve la mala suerte de tener en primer año la excepción que confirma la regla: una señora que dictaba clases de Retórica desde unas fichas amarillas y polvorientas que había que memorizar; ella nos dijo:
 Hasta que una tarde, sentada a la sombra de un árbol, en la hora de la siesta (estábamos en el campo de un amigo), tomé birome y papel y me puse a escribir. A la noche leí a mis amigos un cuento con vampiros. Ese fue el principio de la sanidad, o al menos, el escape de la locura. Volver a escribir. Escribir. Escribir. Respirar. El desierto quedó atrás.
Con Luisa Peluffo, Beaatriz Isoldi, David Sorbille , etc...


                                                    


Con Santiago Kovadloff











Inés Legarreta selecciona una prosa de “El abrazo que se va” y un poema de “La puntada invisible” para acompañar esta entrevista:



El abrazo


¿El abrazo o un abrazo?, lo interroga ella. Un abrazo, el abrazo, los abrazos, recalca él. Entonces ella le pide que le explique, que le diga por qué y el bailarín hace lo que es: empieza a hablar con el cuerpo. Se incorpora apenas —estaba sentado en una butaca contra la pared— y con los dos brazos marca un círculo —tiene la cabeza levemente adelantada y le cae un mechón de pelo sobre la frente— y, de pronto, allí, entre sus brazos, en ese espacio íntimo hecho sólo de cercanía y respiración, hay una forma de mujer que permanece en la transparencia del aire hasta que él la deshace y se recuesta otra vez con parsimonia contra la pared. Por un instante ella tuvo la sensación de que el mundo se había detenido: la tarde, el ruido de la tarde, la luz. De manera que se quedó callada mirando el reflejo del sol a través de la vidriera. El bailarín le preguntó si necesitaba alguna otra explicación. No, le respondió. Ella había entendido. El tango es el abrazo. El abrazo que en el aire había dibujado él.


*

III

El olor triste de unos sillones
me deja pensando
en mamá/ y en mí/
como dos mundos que no tuvieran más que sol o niebla
y se entregaran al abandono/ o la quietud/
los colores perdidos
los escalones/ los vidrios limpios
de las ventanas y las puertas
igual que en los sueños
una y otra vez.
Había tantos cuartos y habitaciones/
y una escalera deslumbrante para las niñas de la casa/
allá arriba/ cerca del cielo/
entre nubes   la rueca y el telar
donde pincharse el dedo para dormir cien años
en el musgo mullido del bosque/ de un hombre/ de cuento/
parecido a la muerte.
Pero tropezamos con la alfombra mal puesta 
del tiempo
y caímos/ 
analfabetas   en otra historia
de terror.

*

Entrevista realizada a través del correo electrónico: en las ciudades de Chivilcoy y Buenos Aires, distantes entre sí unos 160 kilómetros, Inés Legarreta y Rolando Revagliatti, 17 de septiembre de 2016.